11 de mayo, 2026
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La esperanza de vida sigue aumentando, pero hacerlo durante más tiempo no siempre significa hacerlo con mejor salud. En España, las mujeres alcanzan ya una esperanza de vida de 86 años y los hombres de 81, según datos del INE.

Sin embargo, cada vez existe una mayor diferencia entre vivir más y vivir mejor. Muchas personas llegan a edades avanzadas con problemas de dependencia, enfermedades crónicas o una pérdida importante de calidad de vida.

En este contexto, la ciencia centra cada vez más su atención en un concepto clave: la edad biológica. Es decir, la edad real del organismo más allá de los años cumplidos. Porque dos personas nacidas el mismo día pueden presentar estados de salud completamente diferentes y un envejecimiento muy desigual.

El investigador Salvador Macip, catedrático y director de los Estudios de Ciencias de la Salud de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), lidera un estudio que busca identificar marcadores biológicos capaces de distinguir entre un envejecimiento saludable y otro acelerado o patológico. El objetivo es detectar antes los riesgos asociados a la edad y poder intervenir de forma preventiva.

Más allá de las arrugas o las canas

Según explica Macip, solemos asociar el envejecimiento a señales visibles como las arrugas, las canas o la pérdida de vista, pero esos signos no siempre reflejan lo que ocurre realmente en el organismo.

“Hay personas que aparentan más edad por factores externos, pero eso no significa necesariamente que sus órganos estén más envejecidos”, señala el investigador. De hecho, el cuerpo no envejece de forma uniforme: algunos órganos pueden deteriorarse más rápido que otros.

Por eso, el gran reto científico es encontrar herramientas capaces de medir el estado real del organismo y no solo su apariencia externa.

Los biomarcadores que intentan calcular la edad real del cuerpo

En los últimos años, la investigación ha avanzado en el desarrollo de indicadores que permiten aproximarse a esa “edad real”. Entre ellos destacan los relojes epigenéticos, que analizan las modificaciones químicas acumuladas en el ADN con el paso del tiempo.

También se estudian otros marcadores relacionados con la longitud de los telómeros —estructuras asociadas al envejecimiento celular— y herramientas basadas en distintas “ómicas”, como la genómica, la proteómica o la metabolómica.

Sin embargo, Macip advierte de que ninguno de estos sistemas es suficiente por sí solo. La clave estaría en combinar datos moleculares con parámetros clínicos y hábitos de vida para obtener una visión mucho más precisa del envejecimiento individual.

El objetivo futuro es desarrollar análisis de sangre capaces de estimar cómo envejece cada órgano y anticipar posibles enfermedades antes de que aparezcan síntomas.

Detectar antes para prevenir mejor

Poder medir el envejecimiento biológico tendría importantes aplicaciones médicas. Identificar a tiempo un envejecimiento acelerado permitiría actuar antes sobre factores de riesgo relacionados con enfermedades cardiovasculares, neurodegenerativas o metabólicas.

Además, ayudaría a diseñar estrategias más personalizadas de prevención y seguimiento médico, adaptadas al estado real de cada persona y no únicamente a su edad cronológica.

El debate ético de la edad biológica

Pero este avance también plantea interrogantes éticos. En una sociedad donde la edad todavía condiciona muchos aspectos sociales y laborales, etiquetar a alguien como “biológicamente viejo” podría abrir la puerta a situaciones de discriminación.

Macip alerta de que la edad biológica no debe interpretarse como una sentencia ni como una predicción exacta sobre el futuro de una persona. Se trata de una estimación estadística del riesgo de desarrollar determinadas enfermedades, no de una certeza.

El investigador advierte de que un uso inadecuado de estos datos podría afectar ámbitos como los seguros médicos o determinados procesos de selección, por lo que considera fundamental avanzar con rigor científico y también con responsabilidad social.

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