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La llegada del verano y el aumento de las horas de luz no solo modifican nuestras rutinas diarias, sino que también pueden afectar a la salud cerebral.
Diversos estudios alertan de que los cambios en los patrones de sueño provocados por una mayor exposición a la luz natural y artificial pueden influir en la evolución del deterioro cognitivo leve, especialmente en personas mayores.
Según explica el Dr. Pedro Gil Gregorio, especialista en Geriatría, profesor de la Universidad Complutense de Madrid y colaborador de Schwabe Pharma Ibérica, dormir no es un proceso pasivo, sino una función esencial para consolidar la memoria y mantener el rendimiento cognitivo.
Con la llegada de los días más largos, es habitual retrasar las cenas, aumentar el tiempo de ocio nocturno y pasar más horas expuestos a pantallas y luz artificial. Sin embargo, estos cambios pueden alterar el ritmo circadiano, retrasando la secreción de melatonina y modificando la arquitectura del sueño.
“Las fases profundas del sueño, especialmente las fases NREM y REM, son fundamentales para que los recuerdos pasen de ser frágiles a duraderos. Si estas fases se reducen porque nos acostamos más tarde o porque la luz interfiere en el descanso, la memoria puede resentirse”, señala el Dr. Gil Gregorio.
La evidencia científica muestra que tanto la duración como la calidad del sueño influyen directamente en la memoria declarativa y en distintas funciones cognitivas relacionadas con el aprendizaje y la concentración.
Los expertos advierten además de que las alteraciones persistentes del descanso pueden estar relacionadas con un mayor riesgo de deterioro cognitivo a largo plazo.
Actualmente, se estima que entre el 60% y el 70% de las personas con deterioro cognitivo presentan trastornos del sueño, una situación que suele asociarse a una peor evolución de la enfermedad.
La fragmentación del descanso y la reducción del sueño profundo afectan a procesos clave como la plasticidad neuronal y la limpieza metabólica cerebral, mecanismos esenciales para preservar la función cognitiva.
Para los especialistas, la calidad del sueño debe considerarse una parte esencial del cuidado de la salud cerebral, especialmente a partir de los 65 años.
“No se trata solo de dormir más, sino de dormir mejor y en sincronía con nuestro reloj biológico”, subraya el Dr. Gil Gregorio.
Entre las recomendaciones para proteger el descanso destacan mantener horarios regulares, reducir la exposición a pantallas durante la última hora del día y favorecer entornos oscuros y tranquilos para dormir.
Los expertos recuerdan que actuar sobre factores modificables como el sueño puede ayudar a ralentizar la progresión del deterioro cognitivo leve.
En este contexto, existen tratamientos específicos como Tebofortán® (EGb 761®), indicado para el tratamiento del deterioro cognitivo leve y respaldado por ensayos clínicos y un perfil de seguridad establecido.
La combinación de detección precoz, hábitos saludables y abordajes terapéuticos basados en evidencia se perfila así como una de las principales estrategias para preservar la salud cerebral durante el envejecimiento.