7 de abril, 2026
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La atención alimentaria y nutricional en el ámbito sanitario y sociosanitario constituye una intervención terapéutica esencial de soporte que debe ser considerada parte integral del proceso asistencial y de recuperación de la salud de los pacientes hospitalizados.

En este contexto, la Alimentación hospitalaria no puede limitarse exclusivamente al cumplimiento de criterios generales de alimentación saludable y educación nutricional, sino que garantice de forma prioritaria una alimentación inocua y nutritiva suficiente, de calidad y sensorialmente aceptable, adaptada a la situación clínica y a las necesidades individuales de cada paciente.

El año 2026 la aplicación de criterios generales, no suficientemente adaptados al contexto clínico hospitalario, puede comprometer uno de los principios básicos de la atención sanitaria: la prevención y el tratamiento de la desnutrición relacionada con la enfermedad (DRE).

Numerosas evidencias científicas demuestran que una Alimentación hospitalaria poco apetecible o atractiva repercute negativamente en la ingesta real de los pacientes, favoreciendo la aparición o el agravamiento de la DRE, con el consiguiente aumento de complicaciones clínicas, prolongación de estancias hospitalarias, incremento de reingresos y mayor consumo de recursos sanitarios.

La falta de aceptación de los menús hospitalarios favorece con frecuencia la introducción de alimentos procedentes del exterior del centro sanitario.

Por este motivo, la Alimentación hospitalaria debe diseñarse y evaluarse no sólo desde un enfoque de promoción de hábitos saludables y sostenibles, sino también desde una perspectiva clínica, terapéutica y asistencial, en la que se priorice de forma simultánea la adecuación nutricional, la inocuidad, la palatabilidad y la aceptación por parte del usuario. En muchos casos, especialmente en estancias prolongadas o en pacientes de edad avanzada, pueden aparecer alteraciones del apetito o lo que habitualmente se describe como un “apetito caprichoso” condicionado por la enfermedad, los tratamientos o el propio proceso de hospitalización.

Cuando estos factores no se tienen en cuenta, la eficacia de la intervención nutricional puede verse comprometida. Además, la falta de aceptación de los menús hospitalarios favorece con frecuencia la introducción de alimentos procedentes del exterior del centro sanitario —aportados por familiares o adquiridos en establecimientos de restauración—, lo que puede suponer riesgos adicionales en seguridad alimentaria y en el control dietético del paciente.

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