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Un estudio del IR Sant Pau identifica cambios en este biomarcador desde la tercera década de vida, antes que otros indicadores sanguíneos del Alzheimer.
Investigadores del Instituto de Investigación Sant Pau (IR Sant Pau) han identificado que los niveles de β-sinucleína en sangre, una proteína relacionada con el funcionamiento de las sinapsis, comienzan a elevarse décadas antes de la aparición de los síntomas de la enfermedad de Alzheimer en personas con síndrome de Down. Los resultados, publicados en la revista científica Alzheimer’s & Dementia, sitúan este biomarcador como una prometedora herramienta para estudiar las fases más tempranas de la enfermedad.
El trabajo, desarrollado en colaboración con el Hospital Sant Pau, la Universidad Martin-Luther y el Centro Alemán de Enfermedades Neurodegenerativas, muestra que las alteraciones de la β-sinucleína aparecen aproximadamente 21 años antes de la edad media de diagnóstico del Alzheimer prodrómico en la cohorte analizada y más de siete años antes que otros biomarcadores sanguíneos como pTau217, NfL y GFAP.
Las personas con síndrome de Down presentan un riesgo muy elevado de desarrollar Alzheimer a medida que envejecen, lo que convierte a esta población en un modelo de especial interés para estudiar los cambios biológicos previos a los síntomas.
La β-sinucleína se localiza principalmente en las terminaciones presinápticas, estructuras implicadas en la comunicación entre neuronas. Sus niveles pueden aportar información sobre la disfunción y degeneración de las sinapsis, consideradas algunos de los acontecimientos más tempranos del Alzheimer.
Para el estudio, los investigadores analizaron muestras de sangre de 131 participantes, entre ellos 88 adultos con síndrome de Down y 43 personas sin síndrome de Down cognitivamente sanas. Los participantes con síndrome de Down se encontraban en distintas fases del continuo de la enfermedad: asintomática, Alzheimer prodrómico y demencia.
Los resultados mostraron que los niveles de β-sinucleína eran ya 1,83 veces superiores en personas con síndrome de Down asintomáticas respecto a los controles, aumentando hasta 2,82 veces en la fase prodrómica y 3,67 veces en personas con demencia.
Una de las principales aportaciones del estudio es la comparación temporal entre la β-sinucleína y otros biomarcadores sanguíneos relacionados con distintos procesos del Alzheimer.
Mientras las alteraciones en β-sinucleína comenzaron a detectarse desde la tercera década de vida, los cambios en pTau217, asociado a la patología tau; NfL, indicador de daño axonal; y GFAP, relacionado con la activación glial, aparecieron entre finales de la cuarta década y comienzos de la quinta.
Los investigadores observaron además que, incluso en participantes asintomáticos sin alteraciones detectables de beta-amiloide en líquido cefalorraquídeo, la β-sinucleína ya se encontraba elevada respecto a los controles.
El estudio muestra que el aumento de β-sinucleína no solo se detecta en sangre, sino que también se asocia con un peor rendimiento cognitivo y de la memoria episódica.
Los investigadores incorporaron además técnicas de neuroimagen, incluyendo resonancia magnética y FDG-PET, y observaron que niveles elevados de esta proteína se relacionan con un menor volumen de sustancia gris y una reducción del metabolismo cerebral en regiones especialmente vulnerables al Alzheimer, como áreas temporales, parietales y prefrontales.
Incluso entre participantes todavía asintomáticos se identificó una asociación entre mayores niveles de β-sinucleína y cambios estructurales en determinadas regiones cerebrales.
Los autores destacan que la posibilidad de estudiar estos procesos mediante un análisis de sangre puede facilitar el seguimiento de grandes grupos de pacientes y complementar otras técnicas más invasivas, como la punción lumbar o determinadas pruebas de neuroimagen.
En el futuro, la β-sinucleína podría contribuir a caracterizar y monitorizar las fases iniciales del Alzheimer, mejorar la selección de participantes para ensayos clínicos y evaluar la respuesta a nuevos tratamientos dirigidos a intervenir antes de la aparición del deterioro cognitivo.
El estudio tiene carácter transversal, por lo que los investigadores subrayan la necesidad de desarrollar estudios longitudinales que permitan confirmar la secuencia temporal de estos cambios y evaluar su capacidad para anticipar la evolución de la enfermedad.