7 de octubre, 2026
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Reconocer las primeras señales de sobrecarga, mantener espacios propios, cuidar el descanso y las relaciones sociales y pedir ayuda cuando sea necesario son algunas de las claves para proteger la salud mental y cerebral de quienes cuidan

Cuando una persona es diagnosticada de Alzheimer, Parkinson o de otra enfermedad neurodegenerativa, buena parte de la atención se concentra en sus necesidades. Pero a su lado hay otra figura que también ve cómo cambia su vida: la persona cuidadora.

Acompañar a un familiar con una enfermedad neurodegenerativa puede implicar asumir nuevas responsabilidades, reorganizar las rutinas, gestionar visitas y tratamientos o adaptarse a los cambios cognitivos, emocionales y de comportamiento de la persona. En este proceso, es habitual que el cuidador priorice las necesidades del otro y deje las propias en un segundo plano.

Con motivo del Día Mundial de la Salud Mental, que se celebra el 10 de octubre, MyBrain, centro especializado en salud cerebral, pone el foco en la necesidad de cuidar también la salud mental y cerebral de las personas cuidadoras.

Porque cuidar también requiere recursos. Y para poder acompañar a otra persona en el tiempo, es necesario preservar la propia salud física, emocional y cerebral.

Cuando cuidar ocupa todo el espacio

La sobrecarga no siempre aparece de golpe ni es fácil de identificar. Puede comenzar con cambios que se incorporan progresivamente a la rutina: dormir peor, abandonar actividades propias, reducir el contacto con amigos o familiares o tener la sensación de estar permanentemente pendiente de la otra persona.

Con el tiempo, este estado de alerta constante puede hacer que el cuidador acabe normalizando su propio malestar y considere que sentirse cansado, estresado o desbordado forma parte inevitable de su responsabilidad.

“Cuando cuidamos a una persona con una enfermedad neurodegenerativa es muy fácil que todas nuestras necesidades pasen a un segundo plano. El problema aparece cuando normalizamos vivir permanentemente cansados, preocupados o sin espacios propios. Cuidar no debería implicar dejar de cuidar la propia salud”, explica el Dr. Francisco Mira, director médico de MyBrain.

El especialista señala que el estrés mantenido y determinados hábitos pueden influir en el bienestar y la salud cerebral, por lo que resulta importante prestar atención a aspectos sobre los que sí es posible actuar, como el descanso, la actividad física, las relaciones sociales o mantener espacios de ocio y actividad personal.

Cinco señales de que la sobrecarga puede estar afectando al cuidador

MyBrain recomienda prestar atención a determinados cambios, especialmente cuando se mantienen en el tiempo y empiezan a interferir en la vida cotidiana:

  1. 1.      Cansancio persistente y problemas de sueño. Tener dificultades para descansar, despertarse con frecuencia durante la noche o sentir que el cansancio no desaparece.
  2. 2.      Ansiedad, irritabilidad o preocupación constante. Vivir permanentemente pendiente de lo que pueda ocurrir y tener dificultades para desconectar mentalmente de las responsabilidades del cuidado.
  3. 3.      Abandonar progresivamente actividades propias. Dejar de hacer ejercicio, ver a amigos, practicar aficiones o reservar momentos personales porque toda la rutina gira alrededor de la persona cuidada.
  4. 4.      Aislarse del entorno. Reducir las relaciones sociales o dejar de compartir con otras personas cómo nos sentimos.
  5. 5.      Sentir culpa al dedicarse tiempo a uno mismo. Percibir el hecho de descansar, salir, pedir ayuda o reservar un espacio propio como si fuera una forma de desatender a la persona enferma.

El autocuidado también forma parte de cuidar

Para MyBrain, cuidarse no significa cuidar menos a la otra persona. Mantener espacios propios, descansar adecuadamente, conservar los vínculos sociales o compartir las responsabilidades del cuidado cuando sea posible puede ayudar a preservar los recursos necesarios para sostener el acompañamiento en el tiempo.

Por ello, los especialistas recomiendan no esperar a encontrarse completamente desbordado para empezar a cuidarse. Mantener rutinas de sueño, realizar actividad física, continuar con las propias aficiones, conservar el contacto con otras personas y reservar momentos de desconexión son algunas de las estrategias que pueden contribuir al bienestar de la persona cuidadora.

También es necesario saber identificar cuándo estas medidas no son suficientes. Si la ansiedad, la tristeza, el agotamiento o los problemas de sueño se mantienen, aumentan o interfieren significativamente en la vida cotidiana, pedir ayuda profesional debe formar parte del autocuidado. En estos casos, los especialistas en salud cerebral pueden ayudar a identificar señales de sobrecarga, valorar su impacto y orientar a la persona cuidadora en función de sus necesidades.

“Pedir ayuda no es un fracaso como cuidador. Si queremos que una persona pueda seguir acompañando y cuidando durante mucho tiempo, también debemos preguntarnos cómo está, cómo duerme, cuál es su estado de ánimo y si continúa teniendo espacios de vida propios”, señala el Dr. Mira.

En este sentido, cuidar a quien cuida también es una forma de cuidar a la persona que tiene una enfermedad. El bienestar de ambas personas está relacionado y el acompañamiento a largo plazo requiere atender no solo a las necesidades del paciente, sino también a las de quien está a su lado.

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