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El aumento de la exposición a la luz y los cambios en los hábitos de descanso con la llegada del verano pueden influir en la evolución del deterioro cognitivo leve, al alterar la calidad y duración del sueño, clave para la salud cerebral.
A medida que los días se alargan, la mayor exposición a luz natural y artificial puede retrasar la secreción de melatonina y modificar el ritmo circadiano, afectando a la estructura del sueño. Esto puede traducirse en un descanso más corto o fragmentado, reduciendo el tiempo necesario para procesos esenciales como la consolidación de la memoria.
Según el Dr. Pedro Gil Gregorio, las fases profundas del sueño, especialmente NREM y REM, son fundamentales para transformar los recuerdos en información duradera. La evidencia científica respalda que tanto la calidad del sueño como su duración influyen directamente en la memoria declarativa y el rendimiento cognitivo.
Entre el 60% y el 70% de las personas con deterioro cognitivo presentan alteraciones del sueño, lo que se asocia a un peor pronóstico. Además, en personas mayores de 65 años, los problemas de descanso se relacionan con un mayor riesgo de deterioro cognitivo y pueden convertirse en un factor clave sobre el que intervenir.
Las alteraciones persistentes del sueño pueden afectar a mecanismos como la plasticidad neuronal o la limpieza metabólica del cerebro, esenciales para mantener la función cognitiva. Por ello, los expertos insisten en la importancia de no solo dormir más, sino dormir mejor y en sincronía con el reloj biológico.
Para mejorar la calidad del sueño, se recomienda mantener horarios regulares, limitar la exposición a pantallas antes de dormir y cuidar la oscuridad del entorno. Estas medidas, junto a un abordaje terapéutico adecuado, pueden contribuir a frenar la progresión del deterioro cognitivo leve y mejorar el bienestar general.