22 de octubre, 2026
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Los problemas de memoria, atención, lenguaje y planificación pueden persistir incluso cuando las secuelas motoras son leves. NeuronUP destaca la importancia de adaptar la rehabilitación cognitiva a las necesidades de cada persona y trasladar los avances a las actividades cotidianas.

Recuperar la movilidad después de sufrir un ictus es uno de los avances más visibles durante la rehabilitación, pero la recuperación no termina necesariamente cuando mejoran las secuelas motoras. Las dificultades cognitivas pueden pasar desapercibidas y afectar a la autonomía de la persona en tareas cotidianas, desde organizar una salida hasta gestionar la medicación.

Con motivo del Día Mundial del Ictus, que se celebra el 29 de octubre, el equipo de NeuronUP, plataforma digital especializada en evaluación y rehabilitación cognitiva, pone el foco en estas secuelas y en la importancia de identificarlas para orientar el proceso de recuperación.

«Poder caminar o mover los brazos no permite concluir que no existan dificultades cognitivas. Después de un ictus pueden verse afectadas funciones como la atención, la memoria, el lenguaje, la velocidad de procesamiento o la capacidad para planificar y tomar decisiones», explica Valeria Medina, neuropsicóloga de NeuronUP.

Las secuelas cognitivas del ictus que no siempre se ven

El ictus se produce cuando se interrumpe el flujo sanguíneo hacia una parte del cerebro por la obstrucción de un vaso o cuando se rompe un vaso sanguíneo y se produce una hemorragia. Sus consecuencias dependen de las áreas cerebrales afectadas y de la extensión de la lesión.

Además de las alteraciones motoras, pueden aparecer dificultades para mantener la atención, procesar información con rapidez, recordar acontecimientos recientes, expresarse o comprender el lenguaje. También pueden verse afectadas las funciones ejecutivas, necesarias para organizar actividades y tomar decisiones, y las habilidades visoespaciales, relacionadas con la orientación y la interpretación del espacio.

Estas capacidades dependen de redes cerebrales que trabajan de forma coordinada, por lo que una lesión puede afectar a distintas funciones incluso cuando las alteraciones motoras son poco perceptibles.

Según Medina, otros factores, como el estado de salud cerebral previo, el estado de ánimo, el sueño y determinados medicamentos, también pueden influir en el rendimiento cognitivo después de un ictus.

Señales de alerta para familiares y cuidadores

Para detectar posibles secuelas cognitivas es importante observar cómo han cambiado las capacidades de la persona respecto a su funcionamiento anterior. Algunos indicios que pueden justificar una valoración especializada son olvidar citas o dosis de medicamentos, tener dificultades para seguir instrucciones, cometer errores nuevos al manejar dinero o necesitar más ayuda para organizar tareas cotidianas que antes realizaba de forma autónoma.

También pueden aparecer cambios en la comunicación, como tardar más en encontrar palabras, tener dificultades para construir frases o perder el hilo de las conversaciones.

Registrar ejemplos concretos y compartirlos con el equipo sanitario puede ayudar a orientar la evaluación y planificar la intervención. La detección temprana de estas dificultades permite valorar qué apoyos y estrategias pueden resultar útiles en cada caso.

Es importante distinguir estas secuelas de la aparición repentina de nuevos síntomas. Una dificultad súbita para hablar, debilidad en un lado del cuerpo o pérdida de visión requiere atención médica urgente, incluso si los síntomas desaparecen al cabo de unos minutos.

Cinco claves para favorecer la recuperación cognitiva

La rehabilitación cognitiva debe adaptarse a las dificultades, fortalezas y objetivos de cada persona. No existe una estrategia única válida para todos los pacientes ni puede garantizarse una recuperación completa, pero hay medidas que pueden ayudar a trabajar las capacidades afectadas y favorecer su aplicación en la vida diaria.

Desde NeuronUP destacan cinco aspectos que pueden formar parte del proceso de rehabilitación:

  1. Practicar con situaciones de la vida cotidiana. Elaborar una lista de la compra, organizar una salida o planificar una actividad permite trabajar funciones cognitivas en contextos con utilidad práctica y facilita trasladar los avances a situaciones reales.

  2. Utilizar apoyos para recordar y organizarse. Agendas, alarmas y listas de pasos pueden ayudar a compensar las dificultades de memoria o planificación. Es importante aprender a utilizarlas y practicar su uso en las actividades habituales.

  3. Reducir las distracciones y adaptar la dificultad. Realizar una tarea cada vez, trabajar en ambientes tranquilos y utilizar instrucciones sencillas puede facilitar la participación. Los ejercicios deben ajustarse progresivamente a la evolución de cada persona.

  4. Favorecer la comunicación. Cuando existen dificultades de lenguaje, pueden emplearse imágenes, gestos, palabras escritas o conversaciones sobre temas familiares. También es útil que los familiares aprendan estrategias que faciliten la interacción.

  5. Respetar la fatiga y alternar actividad y descanso. Organizar las tareas en función de la energía disponible forma parte de la recuperación. El cansancio persistente y los problemas de sueño deben valorarse, ya que pueden dificultar la participación en la rehabilitación.

Una recuperación orientada a la autonomía

El abordaje de las secuelas cognitivas busca no solo trabajar las capacidades afectadas, sino también mejorar la autonomía y el desempeño en las actividades cotidianas. Para ello, resulta fundamental adaptar la intervención a las necesidades individuales y coordinar el trabajo de los profesionales con los apoyos del entorno familiar.

Identificar las dificultades que no resultan evidentes a simple vista permite comprender mejor las necesidades de cada persona después de un ictus y orientar una rehabilitación centrada en su funcionamiento diario y su calidad de vida.

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